no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada..."
Una mano,mi mano, que se agranda, inexorablemente para emerger...
Fin del verano
Serpentinas y espadas, la calle en cruz por la que febrero transita habitualmente...
Tu carnaval de perfumes habituados a la pesada mochila del abandono.
La ropa estirada en un sábado caliente, puente de madera apaciguado.
Yo me encuentro con la prueba fiel de los pasos calientes en el verano.
Mareada por el polvo de la quitapenas, del entierro, el pueblo sucumbe.
Las costillas se dilatan de carnaval, hay serpentinas de besos no robados, papel picado de indiferencia, burbujas de espuma sin insomnio ni cigarrillos, el viento no entrando en la cara.
No me explico como la piel y los ojos, no me explico porque en verano... no me encuentro en los pájaros que cantan a la mañana, no me veo desde que la autopista... y cabería, cabería en un beso toda la verdad, y los libros, y la muerte, le cabería un beso, el verdadero beso, que nos encuentra cuando estamos a punto de morir, de sucumbir. Cuando pensamos que no llegamos ni a la avenida, aparecen las ciudades, los saltimbanquis, la fiesta, los gritos nuevos que levantan el polvo que parece acabado .El barro que parece seco, se convierte en lodo, nos atrapa como pantano, el desborde de los ojos, los llantos a gritos, los gritos de nuestros cuerpos, los balcones llenos de risas, las tortas aplastadas en nuestras caras, las mañanas interminables y los desayunos desbordados de besos, de brazos y piernas, caramelos de boca a boca.
VI
Los tapiales de las puertas de las casas me dicen que las construcciones decentes se acabaron. Por suerte, tengo incertidumbre de saber qué es lo que pasa adentro de las puertas en donde los sócalos construyen, cuerpos, familias y sangre.
Pero yo podría imaginar que es lo que ocurre cuando las puertas se abren y salen impecables las señoras vestidas con gasa, con piel de muerta, con todo el disfraz pomposo que no es ni de la noche. Así como el letrero de enfrente se apagó, las luces de los cuartos adonde están afuera los tapiales en donde me siento -me miento- me producen desamor y muerte.
Me siento a esperar y muero-muero de verdad- porque creo que soy yo la que usa esos vestidos de seda mentirosa.
Pidámosle al tiempo que nos deje pensar que esas señoras existen solo en nuestra imaginación.
En enero, quiero todo: el amor, el dolor, el viaje, el retorno, pelusas de cosquillas, un helado al final de la tarde, una espada de cartón.
Todo, todo, quiero hablar del verano, de los ojos, de las cerezas peladas, de mis manchas en las manos.
Todo, todo, ¡quiero todo!, un beso, y una aventura, un amante , cachetes colorados , estados demenciales, emborracharme, quitarle las vendas a mis ojos.
Todo, todo, un color purpura manchado de rojo, un circulo color verde con adentro una macha de marrón claro .
Que se vea todo, el color obispo, el rojo cirueloso, el verde de mi vestido arrugado, el marrón de la madera fresca de los arboles en otoños imaginarios.
Quiero el fresco olor a hierva después del atardecer, caminar de reojo con la lluvia, descalza, con vestidos multicolores.
Mirar las montañas, recordar todos mis sueños, quedarme callada cuando me plazca.
En enero lo quiero todo, comer chocolates congelados, mirar de frente. Salirme de las nubes, tocarlas con los ojos, con los sonidos, con las personas.
Hacer solido el hielo cuando se derrite por la tarde, degustar los vinos del invierno.
El cine, la puerta entreabierta, los chocolates, el verano, el verano, calmar a los peces del río.
“El invisible-sin peso, sin dimensión,
sin sombra errante transparencia para quien habían
dejado de tener un sentido las vulgares nociones
del frio o calor, día o noche, bueno o malo-…”
Alejo Carpentier, El arpa y la sombra
Lo habitual:
El desgaste en los ojos,
la predisposición a salir,
los besos que salen como fantasmas de las bocas,
el olor a tabaco muerto.
Todo explota: hasta el huevo poye que interviene en el playón de exposiciones inútiles, de malas informaciones, como el noticiero de la tarde.
Del ir y venir en la noche de sexo compuesto de joyas ahogadas, de diamantes en bruto, de las sabanas recién planchadas, del olor a hollín interviniendo en la plaza del querer.
El hundir, el pensar el mundo que nos borra del mapa, de la vida, que no engendra.
de los viajes por los mares de Guatemala, del perdón en los ojos sobresalientes de alguien necesitado: del trato en la boca, de el verde hundirse en una telaraña en donde el animal está en la red.
de trepar hacia las patas traseras del insecto para que explote en un raso violeta, para cubrir los sillones, los otoños , las primaveras.
Salir a la calle y contar las bocas que se tapan con luciérnagas, con luces incansables, abrimos la boca y hay luces , luces verdes y amarillas, que salen, salen y vuelan , vuelan , se van al otro trópico, descienden en las selvas tropicales.
Engañó al hombre, se impresionó por la desnudes de las arañas, de las mujeres con senos dorados pero sin oro.
Se ilusionó con la noche, con la lluvia, con toda la tierra mojada, con las tormentas, con los versículos.
Se acostó con la indomable, la engendradora, la que tenía el oro, el amor, el terciopelo, el viaje a conquistar.
Cantando lagañas, muriendo pérdidas: entibiar el instante para pensar que todo lo demás viene.
El alma, cantando encrucijadas, no se apiada ni de mí, ni de la otra.
querés que diga miedo: Olvido.
querés que diga rencor: Vuelo de pájaro
querés que diga dolor: Salto al vacío.
querés que diga muerte: miedo, miedo y más vida.
querés que diga arañas: Naranjas, verde azul, mandarinas, mariposas en la telaraña del orgasmo, frutas rojas comiendo las heridas de los años.
Saltar, saltar hasta morir y ver el rojo miedo vestirse en una bola de antojos, de cáscaras de naranjas, rojo, rojo caramelo del deseo.
El viento pelándome la cara,
el río, y el olor a sol
y el verde que no viste nunca.